La responsabilidad de la violencia

La violencia contra las mujeres no es un problema de las mujeres, sino un problema de los varones que sufrimos todas las personas. Por esto, uno de los propósitos del horizonte de la igualdad es desnaturalizar todas las formas de violencia, desterrar del sentido común la idea de que los varones somos violentos por naturaleza.

Ocurre que desde una edad muy temprana los varones somos interpelados por las instituciones desde un conjunto de ideas asociadas a un modelo de masculinidad determinado que comprende, entre otras cosas, el uso de la violencia como forma de comunicación.

Los varones aprendemos a ser violentos. A los varones se nos educa para buscar el poder y ejercerlo. Búsqueda y ejercicio que implica el despliegue de violencias. La violencia, como se sabe, siempre se utiliza para mantener el poder. Poder entendido como capacidad de subordinar a otras voluntades, de imponer un punto de vista, de tomar decisiones, mantener la supremacía en el entorno de los vínculos cercanos.

Sabemos, entonces, que el enojo es una emoción y la violencia es una manera de expresarse. Resaltar esta separación analítica es fundamental, ya que la manera en la que administramos nuestras emociones no es algo que ocurre “porque sí”, sino que es resultado de un proceso de aprendizaje en el marco de un sistema de dominación patriarcal.

No es que los varones seamos emocionalmente limitados, sino que hemos recibido una formación diferencial en cuanto a la gestión de las emociones. La sensibilidad en los varones ha sido, y sigue siendo, sancionada o reprimida, tanto en la familia, como en la escuela y en el grupo de pares. Por lo general, entre los varones se promueve el uso de la agresión, tanto física como verbal, como medio de expresión de la rabia y, erróneamente, como manifestación de fuerza, valentía o seguridad. Las emociones son características humanas, no son ni femeninas ni masculinas.

Suele ocurrir que muchos varones comprenden esta situación y levantan la mano para señalar que también somos víctimas. Este señalamiento debería servir como impulso para profundizar el análisis y revisar con mirada crítica nuestras actitudes, ya que si los varones somos víctimas, ¿quién sería responsable? Aunque los varones también sufrimos las consecuencias de este sistema de desigualdad, debemos responsabilizarnos porque la violencia que desplegamos como género privilegiado es un mecanismo fundamental de la reproducción de la lógica machista.

En un ejercicio que hacemos en los talleres para evidenciar hasta qué punto dejamos la administración de nuestras emociones al sentido común dominado por la lógica machista, siempre aparece la tristeza como la emoción que más nos cuesta expresar a los varones. Este dato resulta significativo, ya que la tristeza suele ser también la emoción que los varones señalan como la emoción que experimentan con más frecuencia. Entonces, podemos decir que los varones en general la mayoría de las veces sentimos tristeza y nos cuesta expresarla. ¿Será que nos cuesta expresarla porque no aprendimos cómo hacerlo?, ¿será que nos enseñaron a no demostrarlo porque socialmente se considera un signo de debilidad? Otro dato importante que surge de este ejercicio con las emociones es que la mayoría de los varones señala que una de las emociones que menos les cuesta expresar es el enojo. Es decir que sí sabemos cómo expresar el enojo, cada cual verá de qué manera lo hace.

La violencia siempre es responsabilidad de quien la ejerce, nunca de la persona agredida.

Es preciso que reflexionemos sobre estos temas; no podemos seguir percibiendo a la violencia como algo natural. Necesitamos aprender a repensarnos como seres capaces de vivir sin la necesidad de demostrar poder, superioridad, y control sobre las personas que nos rodean.



La responsabilidad de la violencia. Sebastián Fonseca. 2020.